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20 de octubre de 2026

No hay una voz en el teléfono

Ya nadie habla por teléfono. 

No sé en qué preciso instante del colapso silencioso de la civilización occidental, los teléfonos dejaron de ser un medio útil de comunicación humana. No me refiero al smartphone multi-tool que ahora sirve para pagar cafés, subir selfies y recibir notificaciones de apps que nunca abriste conscientemente, sino a la función primigenia del teléfono. A la función "hablada" de un teléfono. 

No sé cuándo pasó, pero sí sé que pasó. Sé que ahora llamas a un número —cualquier número, el de una administración pública, el de una empresa privada, el del tipo que te vendió el sofá o la aseguradora que te mandó un correo que literalmente decía “por favor, llámenos”— y lo que obtienes a cambio no es una voz humana sino una concatenación de señales acústicas, bucles de espera, melodías new age irritantemente tranquilas y una serie de menús automáticos que, paradójicamente, nunca contemplan el motivo real por el que tú estás llamando. Nunca. 

Y lo peor no es que no contesten; es que hacen como que van a contestar. Te dan la opción. Te piden que pulses el 3 “si desea hablar con un operador”. Te dicen que “su llamada será atendida en breve”. En breve. Esa expresión que en otros contextos podría significar algo tan esperanzador como “enseguida” o “ya casi” pero que aquí funciona como un encantamiento vacío, una profecía incumplida que se repite cada treinta segundos sobre un fondo de flautas pan y cascadas sonoras. 

Y mientras tanto tú —tú, que tenías la absurda pretensión de resolver algo hoy, de hablar con un ser humano, de completar una de esas tareas básicas que en teoría hacen girar la rueda del mundo civil— te ves atrapado en una especie de limbo digital, un agujero negro de tiempo donde la única variable constante es la música de espera y la única evolución narrativa posible es que, en el minuto 21, una voz grabada te informe de que “debido a un alto volumen de llamadas” (siempre hay un alto volumen de llamadas) no podrán atenderte, que lo intentes más tarde o que consultes su página web. La misma página web que ya consultaste, de donde sacaste el número, y que te mandó llamar por teléfono. 

Y al final, claro, quedas como estabas. No sólo sin resolver nada, sino con la molesta sensación de haber sido gastado. Como si hubieras depositado algo de ti —tiempo, energía, voluntad, la fe residual en que todavía es posible que una persona le hable a otra por voz, sin intermediarios ni formularios CAPTCHA— en un sistema que ha sido cuidadosamente diseñado para devolverte exactamente eso: nada.


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22 de julio de 2025

Dejamos de buscar para pedir seguridad

https://www.bicaalu.com/wp-content/uploads/spin_offs_precuelas_y_secuelas_famosas.jpg
Creo que 1984 fue el año en el que nos anclamos en el cine (al menos en el cine comercial).
 
El otro día vi en un post que la mayoría de las películas más taquilleras de ese año eran originales. No adaptaciones, no reboots, no secuelas. Historias nuevas. Universos inéditos. "Cazafantasmas", "Gremlins", "Karate Kid", "En busca de la esmeralda perdida", "Un detective suelto en Hollywood". Todas esas pelis tendrían secuelas pero, en aquel momento, eran una anomalía que mezclaba acción, comedia, aventuras, sin ningún tipo de garantía previa, sin red de seguridad. Eran apuestas. Apuestas millonarias, sí, pero apuestas al fin y al cabo. Productores, estudios, directores y guionistas jugándose su prestigio, su carrera y, a veces, la solvencia de sus compañías, por una idea que nadie había probado antes. 
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Ahora mira 2024. Las diez películas más taquilleras del año —y no estoy siendo hiperbólico: todas— son secuelas, spin-offs o parte de algún universo compartido. Son la cuarta entrega, la tercera parte, la precuela, el live action, la adaptación de un musical ya famosísimo. Algunas son entretenidas, algunas incluso notables, pero todas —y esto es lo que me preocupa— están construidas sobre cimientos previamente validados. No hay apuesta. No hay vacío. No hay vértigo. 
 
Y lo más inquietante, al menos para mí, es que esa transición cultural coincide punto por punto con el arco de mi generación. Nosotros, los nacidos entre los 70 y principios de los 90, crecimos bajo la ilusión de que éramos los innovadores, los inconformistas, los que venían a dinamitar los cánones heredados. Éramos punkis aunque lleváramos polos. Nos creímos creativamente radicales porque habíamos visto cine indie en versión original o porque escuchábamos Radiohead y no lo que sonaba en "Los 40". Nos sentíamos culturalmente valientes, casi revolucionarios. 
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Pero ahora resulta que somos nosotros los que llenamos las salas —o más bien, los algoritmos de las plataformas— pidiendo una dosis más del universo que ya conocemos. Una expansión. Una iteración. Otro capítulo. Otro cierre. Otro epílogo del epílogo. Hemos sustituido el riesgo por la familiaridad, la sorpresa por la nostalgia, la posibilidad de lo nuevo por la garantía de lo conocido. No por falta de inteligencia o sensibilidad —eso nunca—, sino por una especie de cansancio difuso, una fatiga acumulada que nos hace preferir la comodidad de una historia ya contada a la incomodidad de tener que aprender las reglas de una nueva. 
 
En algún momento dejamos de buscar lo que no entendíamos para pedir que nos repitieran lo que ya habíamos amado. Lo que amamos hace ya 40 años.