No sé en qué preciso instante del colapso silencioso de la civilización occidental, los teléfonos dejaron de ser un medio útil de comunicación humana. No me refiero al smartphone multi-tool que ahora sirve para pagar cafés, subir selfies y recibir notificaciones de apps que nunca abriste conscientemente, sino a la función primigenia del teléfono. A la función "hablada" de un teléfono.
No sé cuándo pasó, pero sí sé que pasó. Sé que ahora llamas a un número —cualquier número, el de una administración pública, el de una empresa privada, el del tipo que te vendió el sofá o la aseguradora que te mandó un correo que literalmente decía “por favor, llámenos”— y lo que obtienes a cambio no es una voz humana sino una concatenación de señales acústicas, bucles de espera, melodías new age irritantemente tranquilas y una serie de menús automáticos que, paradójicamente, nunca contemplan el motivo real por el que tú estás llamando. Nunca.
Y lo peor no es que no contesten; es que hacen como que van a contestar. Te dan la opción. Te piden que pulses el 3 “si desea hablar con un operador”. Te dicen que “su llamada será atendida en breve”. En breve. Esa expresión que en otros contextos podría significar algo tan esperanzador como “enseguida” o “ya casi” pero que aquí funciona como un encantamiento vacío, una profecía incumplida que se repite cada treinta segundos sobre un fondo de flautas pan y cascadas sonoras.
Y mientras tanto tú —tú, que tenías la absurda pretensión de resolver algo hoy, de hablar con un ser humano, de completar una de esas tareas básicas que en teoría hacen girar la rueda del mundo civil— te ves atrapado en una especie de limbo digital, un agujero negro de tiempo donde la única variable constante es la música de espera y la única evolución narrativa posible es que, en el minuto 21, una voz grabada te informe de que “debido a un alto volumen de llamadas” (siempre hay un alto volumen de llamadas) no podrán atenderte, que lo intentes más tarde o que consultes su página web. La misma página web que ya consultaste, de donde sacaste el número, y que te mandó llamar por teléfono.
Y al final, claro, quedas como estabas. No sólo sin resolver nada, sino con la molesta sensación de haber sido gastado. Como si hubieras depositado algo de ti —tiempo, energía, voluntad, la fe residual en que todavía es posible que una persona le hable a otra por voz, sin intermediarios ni formularios CAPTCHA— en un sistema que ha sido cuidadosamente diseñado para devolverte exactamente eso: nada.
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Autor: Pedro Torrijos
Fuente: Twitter/X de Pedro Torrijos
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