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21 de julio de 2026

La realidad también es un problema narrativo

Somos las historias que nos contamos. Y también somos las historias que leemos. No es nada nuevo. Los medios siempre han moldeado la agenda pública y los relatos nuestra forma de ver la realidad.

Pero las neurociencias han descubierto algo más que eso: cuando leemos o vemos una historia, en nuestro cerebro se iluminan prácticamente las mismas zonas que cuando nos sucede el acontecimiento en la vida real. Por eso vamos al cine y lloramos, la mente se confunde. En algún momento nos despistamos, entramos en la historia y empezamos a sentirla verdadera.

Hasta aquí nada que no haya pasado siempre. Nada que no nos haya llevado a creer en el amor romántico de Hollywood o en que el bien siempre triunfa.

Pero ¿El bien siempre triunfa? Mi nieta dice: "¡pero en el mundo real abuela!"

Yo tengo una idea. En estos tiempos en que leemos sin reaccionar discursos de odio junto al desayuno y vemos guerras en la cena. En estos días en que nos dicen que el daño ambiental ya es irreparable y no se nos mueve un pelo, yo creo que tenemos, además del problema real, un adormecimiento narrativo.

Hemos visto tantas guerras, tantas balas, tantos abusos en la tele que nos parecen normales.

Me pregunto entonces qué hacer para mantener la esperanza. ¿Qué podemos hacer escritores y comunicadores, las dos tribus a las que pertenezco para aporta a la reconstrucción de un mundo más humano? ¿Qué palabras queremos salvar?

En primer lugar, claro, se me ocurre no invisibilizar el error, no normalizar, recordar que las palabras tejen mundos. Hay marcas que nos han mostrado como construyen espacios más multiculturales, con menos sesgos y más tolerancia. Hay medios de comunicación que todavía apuestan a volver a pensar la realidad. Y hay artistas que se la juegan por recuperar los discursos utópicos.

"Imagina la paz", dice un cartelito en la entrada de mi casa. Si comunicar es sentir, lo invito, desde la construcción de las narrativas de sus organizaciones a volver a creer en lo imposible.

¿Se animan?


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Autora: Gisela Galimi (Gisela es escritora y especialista en comunicación, profesora de la Diplomatura DBA y otros programas de posgrado)

23 de septiembre de 2025

La comunicación realmente memorable

Soy muy mala compradora, hay que decirlo. De esas que no van a shoppings, ni caminan por las avenidas comerciales. Pero hace un par de días caminé un rato por Cabildo, fiel a mi deseo de bajarme antes e ir a pie las últimas cuadras hasta casa.

Mi ánimo especialmente apático al consumo se disparó. Muchas cosas que no creo necesitar comenzaron a danzar frente a mis ojos. Y si me compro esto o aquello, pensé. La ansiedad de la tentación comenzó a apoderarse de mí. Al rato ya casi de trataba solo de comprar algo.

Entonces doble, salí de la avenida y los árboles de Belgrano me aquietaron. Mientras caminaba pensé esta idea: el consumo me ubica en un lugar de insatisfacción. La naturaleza en cambio me calma, allí todo está, nada falta, nada sobra. Es un ser vivo que alimenta mi ser profundo.

Una cosa trajo la otra. Recordé esta frase de Chul Han: “Como cazadores de información nos volvemos ciegos para las cosas silenciosas, discretas, incluidas las habituales, las menudas o las comunes, que no nos estimulan, que no nos anclan el ser.”

La pregunta es entonces: ¿Cómo hacemos los comunicadores para no ser una autopista rápida que borra la memoria sino una estación donde nutrir a quienes llegan a nuestras marcas? O mejor aún ¿por qué intentarlo?

La respuesta es esa palabrita que el Chat GPT usa con desparpajo: ser memorables. Entrar en la memoria del otro. Que el contenido que generemos opere algo en el ser profundo del otro.

Se me ocurren marcas que lo hacen para mí. Los contenidos por ejemplo del newsletter de sustentabilidad del BBVA que espero con ansias, o el cambio que se genera en una empresa cuando lentamente invitás a los colaboradores a hablar entre sí por las redes y un día alguien te para y te dice: mi equipo preparó un video con la bandera de la empresa en vacaciones y me preguntó si podemos compartirlos.

La comunicación verdadera es un contagio. La fuente son los principios de la marca, las historias reales, la escucha atenta de aquello que realmente importa. El resto es paja que hay que separar del trigo para que no se convierta en ropa barata que compramos por tentación y se arruina tras dos o tres lavados.

Por eso, esta mañana los convido a caminar por una calle con árboles profundas y pensar ideas nuevas para acompañar a los usuarios y generarles un encuentro real con la marca y consigo mismos.


Autora: Gisela Galimi (Gisela es profesora de la Diplomatura DBA y otros programas de posgrado)

18 de febrero de 2025

Una voz compartida para rearmar la trama organizacional

Si las personas siempre contaron historias, las empresas también lo hicieron. Los humanos generan naturalmente historias desde que nacen. Las marcas en cambio deben formularlas.


Tradicionalmente este fue un trabajo del área de Marketing y del departamento de Comunicación, incluso del área de Recursos Humanos. Aunque estos actores siguen siendo los responsables de las necesidades comunicacionales de las empresas, nacen nuevas tendencias que hacen necesario repensar las cosas.

Es que la tecnología lo cambió todo. Las personas pueden hablar públicamente con las empresas. Todos son comunicadores, no solo a través de e-mails o llamadas telefónicas desde la organización, sino también a través de sus propias redes. Ya no es un mensaje unilateral que se decide en la mesa chica. La comunicación en las empresas ahora es, en el mejor de los casos, un diálogo. O, más que un diálogo, es un conjunto coral de mensajes emitidos por muchas personas.

Ese tono compartido se hizo difícil tras la pandemia. Cada uno en sus hogares fue moviendo un poquito la voz organizacional hacia otros contagios: lo que escucha en sus hogares, lo que dicen las redes, lo que le dicta el chat GPT…

Reconstruir la trama cultural y la voz compartida es el desafío por estos días. En los últimos años esto es lo que más he diagnosticado en las empresas y lo que más he colaborado en reparar gracias a la creación de una personalidad, una voz compartida, manuales de identidad textual y capacitaciones posteriores. Porque seamos sinceros…para que un coro suene bien, tiene que practicar mucho.

Desde esa voz real y múltiple la gente no necesita crear mensajes prefabricados, sino que se retroalimenta un estilo que deviene en una historia compartida. No se necesita alguien que emita los textos, sino que se construyen, desde cada uno, los cientos de mensajes que necesitan emitirse a los públicos.

A la manera de la novela en la que se deconstruye la historia para que todo encaje al final del relato, aquí todos los narradores-personajes empleados hablan al mismo tiempo desde un eje discursivo compartido. El relato de la empresa no es grandilocuente como en los mitos, ni unívoco como en el lenguaje burocrático; es más bien una suma de pequeñas historias con un tono compartido. Una voz polifónica que crece y se expande para llegar al cliente y para compartirse en la empresa como un espacio de encuentro.


Autora: Gisela Galimi (Gisela es profesora de la Diplomatura DBA y otros programas de posgrado)

5 de agosto de 2021

Acumular


 
 
La pandemia o la ya no pandemia sigue en pie. El esbozo de nueva normalidad se incorporó a nuestro ADN y andamos por ahí pensando que ya todo es normal. Tiene para mí algo de siniestro. Como esa señora que cuando el Titanic se hundía le contaba cuentos a los niños para dormir. Siempre pensé en esa escena: qué pasaría cuando los niños sintieran el agua. Porque uno puede mentir de la boca para afuera, del gesto para afuera, pero algún día llega el agua. 

¿Por qué digo esto? Porque creo que lo único que podemos hacer es lograr que no pase en vano. Que no seamos los mismos antes o después de estos tiempos oscuros.

Mientras medito estas cosas por distintos lugares me llegan voces sobre lo inútil que es acumular. Es una de las lecciones que podríamos aprender. De la pila de platos que tengo en casa ya solo utilizamos tres. Los días más felices cinco. Todo el resto es exceso. La moda y los hábitos cambian no solo porque cambian los paradigmas de belleza sino porque empieza a perder sentido la máscara (los tacos, los colgantes, las carteras) Solo tiene sentido lo que nos da salud y paz. La mutación crece en mí como un animal herido que hace eco con la tierra. Entonces anoche, en un curso que estoy tomando, contrapusieron dos fotos: la primera, un niño con su madre, tapadito, cara feliz, una casa y un árbol; la segunda un hombre desnudo gritando. Su torso tenso y venoso como el troco del árbol. Alguien dijo: ha perdido todo. Yo: ¿por qué ver la vida como un perder? ¿por qué la ropa más que la desnudez? ¿por qué la madre más que su propio ser? ¿por qué el árbol y la casa más que su propio cuerpo hecho árbol? Si todo lo que tenemos es la vida, y hemos descubierto que se va en cualquier momento, por qué ver el paso del tiempo como una pérdida y no como una ganancia. La pila de platos me mira, yo la observo de costado. Lo único que vale la pena acumular es experiencia vital, sea risa o grito o abrazo. El resto es materia inerte.
 
 
Autora: Gisela Galimi (colega, poetisa y profesora del DBA)