Quisiera volver a poner nuestra atención en uno de los aspectos que al ego le encanta: la competencia. Como ya saben, el ego siempre se compara con otros egos. Y la competencia es el contexto “ideal” para marcar la superioridad sobre los demás.
Como escuché alguna vez decir a un hincha de fútbol, “ganamos, perdemos, mejor es que ganemos”.
Recuerdo cuánto sufrí al comienzo de la secundaria con la materia “Actividades Prácticas”, ya que yo carecía del talento para poder realizar algún dibujo decente. Particularmente, tenía enormes dificultades cuando teníamos que utilizar el “punto de perspectiva” (lograr que el dibujo, reflejara la profundidad en una imagen plana).
Había compañeros a los cuales le resultaban sorprendentemente sencillo. En efecto, ellos tenían un talento del cual yo carecía totalmente. Este es el momento que debo realizar una “confesión”. En aquella época, yo tenía una Psicopedagoga que me “ayudaba”, y hacía los dibujos por mi, mientras que yo luego “fingía” que los dibujaba en clase.
Quiero hace un pequeño alto, y agradecer de corazón no sólo a mi psicopedagoga, sino muy especialmente a mi profesora que siendo consciente de mi “engaño”, con mucha compasión de su parte se hacía la distraída evitando así hacerme víctima de una humillación pública frente a todos mis compañeros de clase.
Debo reconocer que odiaba esa situación, en la cuál podía ser “descubierto” en cualquier momento. Y allí aprendí vivencialmente, lo que significaba la emoción de la envidia. Observemos su naturaleza.
Durante nuestro viaje, nosotros experimentamos el mundo en una forma dual. ¿Qué es la dualidad? Es el mundo expresado en pares de opuestos (calor - frío, hombre — mujer, vida - muerte, amor - odio, etc.). Y por supuesto esa dualidad también alcanza a las cualidades y los dones de las personas. En efecto, no todos poseemos los mismos talentos.
¿Pero cuáles son las bases que generan la envidia?
Una de ellas es que no valoramos nuestros propios dones porque los hemos tenido con nosotros desde nuestro nacimiento, y no han requerido de nuestra parte esfuerzo alguno. Y ese es precisamente uno de los mandamientos del ego. Sólo tiene valor aquello que obtenemos con esfuerzo.
Adicionalmente, y como si esto fuera poco, también ponemos el foco en aquello de lo cual nosotros carecemos (y que los demás lo tienen). ¿Qué es lo que ocurre entonces? Que en vez de conectarnos con la gratitud y la dicha por valorar aquellos dones que sí tenemos, nos frustramos y amargamos porque carecemos de aquel don que encontramos fuera de nuestro alcance.
Y es allí es donde se presenta el caldo de cultivo en el cual surge la envidia. A diferencia de la admiración, en la cual identificamos una cualidad o don que la otra persona tiene y que nos gustaría poder también tenerla, la envidia le agrega el deseo inconsciente de que la otra persona no posea ese don para que pudiera ser nuestro en exclusividad.
Por contraposición, la admiración no requiere de la pretendida exclusividad del don. Su foco está en la posibilidad de aprender a desarrollar dicha habilidad al máximo que nuestro potencial nos permite, aceptando que tal vez no podamos alcanzar el virtuosismo que la otra persona tiene.
Y ello no sería un problema para nosotros, si pudiéramos comprender que las diferencias lejos de separarnos, nos complementan ya que cada uno de nosotros puede compartir su don con los demás y así contribuir a generar un mayor bienestar colectivo.
La persona que está atrapada por la envidia, cree que como ella misma no valora sus propias habilidades, las demás personas tampoco las valorarán, y de esta manera su importancia y aceptación en la comunidad, estarán en riesgo.
En otras palabras, la envidia va de la mano de una muy baja autoestima.
Si estuvieras amigo lector, atravesando una situación así, te invito a que en vez de “renegar por que no tenés el jardín tan verde como el de tu vecino”, le preguntes cómo hizo para lograrlo, en vez de desear que se le eche a perder.
De esta manera, en vez de igualar para abajo, lo estaremos haciendo para arriba. Y ello claro está, ello redundará en nuestro propio beneficio sin perjudicar a los demás.
En otras palabras, nos estaremos conectando con el entusiasmo que nos brinda la posibilidad de la abundancia, y no con el temor oculto que nos genera nuestro foco en la escasez. Y así podremos comprender que para que se destaque nuestra luz, no será necesario que se apaguen la de los demás.
Para ello, habrá falta que practiquemos la humildad, que es la base por la cual estamos en condiciones de permitirnos pedir ayuda a los demás. O lo que es mejor, podremos también ofrecerla espontáneamente a los que carecen de aquellos talentos que si nosotros si poseemos.
Es importante darnos cuenta que cuando aceptamos la ayuda que nos ofrecen, honramos al mismo tiempo la generosidad de quien nos la da.
Y así, ya no será importante el orden de llegada “a la meta”, porque como el tiempo “es una ilusión” también compuesta por opuestos (pasado-futuro), en realidad estaremos volviendo a casa todos juntos.
“¿Pero, y que pasa con el presente?”, me preguntó un querido amigo. “Es lo único que existe, por lo tanto es lo único verdadero” (*) . Después de todo, el pasado sólo existe en el presente como un recuerdo, y el futuro sólo existe en el presente como una imaginación.
Quisiera terminar esta reflexión con una frase, que nos permite concluir que este viaje es uno de cooperación, y no de competencia.
“Nadie se transforma a sí mismo, ni nadie transforma al otro. Toda transformación, ocurre en una relación con otro”.
Hasta la próxima!
(*) El presente es un reflejo de la eternidad en el tiempo.
Autor: Santiago María Guerrero (Santiago es coach y facilitador, fue profesor de los Posgrados PIDE y DBA)
Fuente: De Regreso a Casa
Excelente reflexión!
ResponderEliminarGracias por compartir esta mirada humanista y solidaria para recorrer nuestro camino.
ResponderEliminarExcelente reflexión
ResponderEliminarGracias Eliana e Ignacio!
ResponderEliminarTan real, gracias por invitarnos a la reflexión.
ResponderEliminarLa competitividad puede ser un valor, y desde nuestra naturalidad instintiva alentarnos a superarnos, pero no es menos cierto que con la autoestima socavada puede provocar la percepción de una vida miserable aunque se tengan bendiciones que son anhelos para otros.
Gracias Johanna! Muy atrayente tu aporte complementario sobre esa relación autoestima/competitividad para marcar cómo vemos los logros.
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