24 de febrero de 2026

Eximimorones modernos, una crónica de la incoherencia organizacional

Vivimos una época donde los relatos empresariales son tan importantes como los resultados financieros. Donde las frases de impacto llenan presentaciones, sitios web y publicaciones en LinkedIn. Donde los departamentos de personas reemplazaron a los de recursos humanos, y los empleados ahora son “colaboradores”, “socios” o “familia”.

Sin embargo, cuando miramos las prácticas cotidianas, lo que muchas veces encontramos es una distancia brutal entre lo que se dice y lo que se hace.
A ese fenómeno lo llamaremos eximimorón moderno.
Una figura simbólica que representa la contradicción estructural entre discurso y acción. La empresa que habla de bienestar, pero precariza. El jefe que se autodenomina “coach” mientras toma decisiones unilaterales. El proceso que dice valorar a las personas, pero las descarta por no tener las palabras clave en el CV.

Este eximimorón no es una persona. Es una forma de operar, una cultura que se reproduce incluso en quienes podrían combatirla. Se instala como sentido común, se vuelve norma silenciosa, y se legitima a través del lenguaje amable, pero vacío.

Recursos humanos que ya no son recursos (pero sí lo son)
El cambio de nombre no siempre implica un cambio de fondo.
Decir que las personas no son recursos humanos, pero seguir tratándolas como planillas, códigos, “costos” y FTEs (Full-Time Equivalents), es puro maquillaje.

Y lo más llamativo es que esta contradicción es asumida como inevitable. Como si no hubiese forma de cuidar a las personas y a la vez cuidar los resultados. Como si el respeto fuera un lujo que se ofrece solo cuando sobra tiempo.

Se instala así una doble moral. Una pública, "marketinera", que dice lo correcto; y otra interna, operativa, que hace lo conveniente.


Selección: el teatro de la hipocresía estructural
El área de selección es quizás el principal escenario del eximimorón moderno.
Ahí se declama transparencia y respeto, pero se oculta el salario. Se pide autenticidad, pero se penaliza cualquier desviación del guion esperado. Se habla de cultura, pero se mide rendimiento por KPIs de volumen.

Y lo más irónico es que muchas veces son psicólogos, coachs y profesionales del “bienestar” quienes ejecutan estas prácticas.

No por maldad. Sino por adaptación al sistema, por miedo, por falta de herramientas o simplemente por inercia.

Incluso los postulantes —consciente o inconscientemente— se vuelven reproductores del eximimorón: aceptan procesos desprolijos, agradecen destratos, callan verdades incómodas, y luego, cuando entran, repiten lo que vivieron.


El que se calla, otorga. El que habla, incomoda.

El sistema está diseñado para premiar el silencio. Para valorar al que se adapta y castigar al que cuestiona.
Pero el silencio no es neutral. Es complicidad.
Reconocer no alcanza. El liderazgo no es una etiqueta, es una coherencia sostenida entre lo que se piensa, se dice y se hace.
El espejo como punto de partida

Stephen Covey lo resume en una frase contundente:
"La responsabilidad personal es el precio de la grandeza."
Pero esa responsabilidad no nace del sistema. Nace de uno.

Y empieza el día que nos miramos al espejo y dejamos de repetir el guion aprendido para escribir uno propio.
El día que decimos: —“Es mi culpa. Ya lo sé.” No como autoflagelo. Sino como acto de conciencia transformadora.
Porque el eximimorón se derrota con coherencia. Y la coherencia empieza en lo cotidiano: en cómo despedimos, cómo elegimos, cómo comunicamos, cómo decidimos.


Esto no es contra las empresas. Es por las personas.

Este texto no es una crítica rencorosa al mundo corporativo, del cual también formo parte. Es un llamado a re-humanizar lo organizacional.

A reconocer que las culturas se transforman con acciones, no con slogans. Que los postulantes son personas, no flujos de un embudo. Y que los líderes son referentes éticos, no autómatas eficientistas.

Es un llamado para los que se animan a hacer el trabajo incómodo de ser coherentes, aún cuando eso no dé likes, ni resultados inmediatos.

Porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién?

Referencias:
  • Stephen R. Covey (1989). Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva.
  • Zygmunt Bauman (2001). Modernidad líquida.
  • Daniel H. Pink (2009). La sorprendente verdad sobre qué nos motiva.
  • Observaciones profesionales como Interim C-Level y mentor organizacional.

Autor: Carlos Ignacio Ramírez Benítez (Carlos es egresado del Posgrado PIDE)

12 comentarios:

  1. Por más trabajos incómodos…por más incomodidades y atrevimientos !

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  2. Qué provocador este texto y qué llamado para cambiar culturalmente. Felicitaciones por compartirlo!

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  3. Gracias Marina y Ale, para seguir apuntando a incomodidades y provocaciones que nos ayuden a atrevernos a cambiar!

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  4. Fabian R.28/2/26 15:57

    Hola Mariano!
    Me gustó el artículo por su aplicación contemporánea.

    La incoherencia también impacta en el EBITDA…

    Se dice que las personas no son recursos aunque se las gestiona como costo.
    Se habla de cultura, pero se mide solo volumen y KPIs operativos.
    Se promete liderazgo, pero se penaliza al que cuestiona.

    Para mí la brecha entre discurso y práctica no es filosófica , más bien lo asemejo a lo financiero.

    La incoherencia genera:
    • Rotación innecesaria
    • Decisiones pobres de contratación
    • Pérdida de talento crítico
    • Costos ocultos que nadie imputa al P&L.

    En vez de declarar la cultura hay que ejecutarla todos los días.
    Y lo que no es coherente, tarde o temprano, impacta en resultados.

    ¿Coinciden con la mirada financiera?

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    1. Gracias Fabian por comentar y por esta ampliación. Estoy seguro que hay impactos financieros y toda una jerga y modelos que crean realidades paralelas. Más incoherencias y más daños culturales, que a continuación son financieros. Gran punto para extender la idea del artículo que escribió Carlos.

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  5. Gaspar P.28/2/26 18:56

    Cuanta verdad en estas palabras y, por cierto, cuan vigente. No obstante, es interesante cómo en cías. jóvenes (y con liderazgo joven) exponen estos rasgos. Y no es que sea un tema de edad... pero me pregunto por qué nuevas generaciones de líderes, con diferentes valores, no plasman éstos en la cultura organizacional.

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    1. Qué buena pregunta Gaspar. Será que ya no es un problema de gestión sino de ideología y hacemos las cosas como si nos fueran a castigar (o no premiar) aún cuando nunca sufrimos las consecuencias (experimento de los monos, la escalera y el agua)

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    2. Johanna M.28/2/26 19:00

      Buenos días, siempre los leo aunque se me dificulta hallar tiempo para la interacción... Es un muy buen punto el mencionado por Gaspar, sucede que muy pocas organizaciones deciden y logran gestionar todo el tiempo que lleva un proceso de transformación cultural (de 2 a 5 años), porque para lograrlo se requiere de cierta estabilidad en los líderes que llevaran a cabo el proceso ya que se deben consolidar en una única visión, en definitiva no es rápido, y no se soluciona contratando un grupito de jóvenes que simulen ser líderes de Silicon Valley, porque es profundo el proceso, implica cambiar hábitos, creencias, liderazgo en mandos medios y comportamientos diarios; el reto es sostenerlo en el tiempo para que el colaborador que se incorpora sienta tanta consolidación que su adaptación a la cultura sea inmediata.
      Por eso el primero en darse cuenta de que la cultura es incoherente es "el nuevo" ve claramente que lo que se dice en la empresa dista mucho de lo que se hace... porque los de adentro dejan de darse cuenta.
      En la organización donde estoy iniciamos un proceso de transformación cultural hace 5 años y aun no logramos consolidarla. Hemos decidido desde este año que ingresará como miembro del Comité de Transformación "el nuevo"... necesitamos en la mesa alguien que rápidamente detecte las incongruencias.

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    3. "Los de adentro dejan de darse cuenta". Qué buena síntesis y cuánto nos pasa en diferentes círculos.

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    4. Gaspar P.28/2/26 19:06

      Totalmente de acuerdo!
      Y comparto esta perspectiva Johanna. Sobre todo con organizaciones establecidas, con culturas "aceptadas" y estructuras de liderazgo que la han promovido. Aun así, hacia donde iba con mi reflexión es: por qué no vemos mas organizaciones (sobre todo nuevas y con liderazgo joven) donde no veamos esas dicotomías (persona / empleado; liderazgo genuino / jefes con mandatos; etc.). Digo, pareciera que nuevas generaciones traen consigo el énfasis en otros valores, donde pareciera que la persona y su bienestar están en el centro. Y eso no necesariamente se ve culturalmente arraigado en esas mismas organizaciones jóvenes.

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    5. Johanna M.28/2/26 19:08

      Coincido Gaspar, y creería que eso ocurre porque esos liderazgos jóvenes no logran sostener el tiempo que lleva implantar cultura... les parece una eternidad 5 años de un mismo lugar 😅
      Aprenden lo que estiman es suficiente y "emprenden" nuevos rumbos. Prefieren crear sus propias empresas que cambiar las ajenas.

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    6. "Prefieren crear sus propias empresas que cambiar las ajenas"👉 Suele ser más honesto, aunque no habría que temer al dolor de la imperfección.

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